lunes, 28 de noviembre de 2011

Kioto: el témpano y el fuego.

Ver las negociaciones sobre Cambio Climático es como estar sentado en la cubierta del Titanic. La diferencia es que acá todos sabemos lo que nos espera y por eso la música suena apagada y los cocteles no saben muy sabrosos. Tampoco no parece ser el  momento para preocuparse por el témpano dado que se está incendiando la sala de máquinas.
Esta semana empieza una nueva reunión de la Conferencia de las Partes (COP) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) en Durban (Sudáfrica) (COP 17)  y a diferencia de las grandes esperanzas que hubieron en la COP 15 de Copenhage en 2009 (esperanzas frustradas, por cierto), ahora las ilusiones no cotizan al alza.  Cínicamente, The Guardian lo dijo así: “ las expectativas sobre la Cumbre se han debilitado.  Por ahora el debate transcurre entre la opción de si es mejor estar en desacuerdo sobre lo que hay que hacer o acordar no hacer nada”  
Hasta ahora, el único instrumento jurídico que obliga a algunos países a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero (GEI; el dióxido de carbono (CO2) es uno de esos gases) es el Protocolo de Kioto, y esta obligación finaliza en diciembre de 2012.  Los grandes emisores, EE UU, China, India, están afuera del Protocolo y los que están adentro, UE, Canadá, Japón, Rusia no se muestran dispuestos a seguir a menos que se sumen los mayores emisores. 
El Protocolo tuvo un efecto limitado porque los países participantes no suponían más del 30% de la emisión global de GEI, así que un acuerdo donde no estén los tres principales emisores (China, 24%; EE UU, 16 % e India, 6 %) sería poco relevante.  El desafío parece muy grande, dado el comportamiento remiso observado hasta ahora (las emisiones aumentaron 40% desde 1990) Actualmente se emiten 48 mil millones de tn de CO (en la jerga,  48GtCOe) Para que la temperatura no suba más de 2 grados Celsius, respeto a la era pre industrial,  se debe mantener la emisión en unos 44GtCOe. Pero al ritmo de crecimiento actual nos vamos a 52GtCOe para 2020. Es decir tenemos un gap de 12GtCOe. Según los cálculos, la emisión global de GEI debe empezar a bajar a partir de 2015 a más tardar.   
Si todo sigue igual, Maldivas desaparecerá bajo las aguas. Su primer ministro dramatiza la situación con una reunión de gabinete en íncómodo lugar.

Los dos grandes actores en este escenario son los EE UU y China. En términos absolutos, los chinos son los mayores emisores, pero medido per cápita los estadounidenses emiten, en promedio, más del triple que un chino.  A partir de este juego de perspectivas ambos países se hostigan mutuamente a la hora de exigir reducciones de emisión.  Lo que está claro es que China no aceptará nunca la reducción absoluta de las emisiones, sino reducciones relativas (menor emisión de CO2 por unidad de PBI; en la jerga, reducción de la “intensidad de carbono”)
Las opciones para el futuro parecen ser tres: a) dejar que cesen los compromisos legales en diciembre de 2012 y nada lo reemplace; b) renegociar algún tipo de extensión (segundo período de compromisos); c) avanzar lo más rápidamente posible en un nuevo tipo de tratado que incluya a los principales emisores.  Nadie aboga abiertamente por la opción a) (ah, sí, la derecha republicana que afirma que esto del cambio climático es una patraña del comunismo internacional – o lo que lo haya reemplazado). La opción b) tiene poca viabilidad. La UE, que está adentro del Protocolo, aceptaría algún tipo de nuevos compromisos pero si se ata a una promesa cierta de un nuevo acuerdo global. Una variante de este opción es que no se conformen nuevos acuerdos vinculantes (acuerdos que supongan una obligación legal como el Protocolo de Kioto), que conllevan un proceso lento de ratificación, sino que se reemplace por un parche “político”; es decir que los países se compromentan políticamente, no legalmente, a algún tipo de reducción de emisión según el leal saber y entender de cada parte.  No suena muy atractivo pero es mejor que nada hasta que lleguemos a la opción c).   Pero esta opción es de una complejidad mayúscula por la complejidad que supone un acuerdo vinculante de la mayoría de los grandes emisores (una suerte de Kioto general).  En este sentido, los más optimistas, piensan que algo como eso podría estar operativo a partir de 2020. 
Pues bien, “burócratas climáticos”, los estaremos observando.